Los días buenos empiezan con madrugones, porque los amaneceres molan. Mucho trípode, así que toca cargar como mulas. La comida, fría, porque hay que rodar otra toma. El hotel, cutre, por cambios de última hora. El olor de la furgo, entre rancio y familiar. Jornadas maratonianas, y así seguimos disfrutando cada instante.